CIRO ALEGRÍA (1961 - 2020)

Ciro Benjamín Alegría Varona nació  en Lima, PERÚ, el  27 de abril de 1961 y falleció también en Lima el domingo 17 de mayo del 2020, producto de un accidente doméstico.

Mi papá, el escritor Ciro Alegría, por entonces congresista de Acción Popular en el segundo gobierno de Fernando Belaúnde Terry, vivía tan ocupado que cuando fue a inscribirle, se equivocó de fecha y dijo "27 de abril" cuando realmente mi hermano Ciro nació el 07 de abril.

Mi hermano Ciro era mayor que yo, por año y medio, pero siempre me dio la impresión de que me llevaba mucha edad cuando no era así, simplemente ocurría que era adusto, reflexivo y profundo, de forma que siempre estaba más allá, como ensimismado en sus pensamientos, en su arte, en sus reflexiones bastante eruditas y poco usuales. De forma que, siendo niños, él parecía más un “adulto pequeño” que otra cosa. Y después, siendo adultos, aunque cordial, correcto y humano, no dejaba de ser algo intimidante, por su afilado razonar, que tasajeaba cualquier argumento y diseccionaba a su interlocutor hasta extirparle esa filosófica esencia de “verdad” que siempre estaba buscando. Su honestidad intelectual irreductible hacía que, como Sócrates, mucha gente pidiera para él la cicuta sin haber hecho nada malo… Yo lo quería profundamente, pero lo que es más importante aún, lo admiraba honesta y cariñosamente, porque fue irreductiblemente racional y no obstante, emotivamente artístico y sensiblemente humano.

 

De niño, Ciro pedía de regalo de Navidad o por su cumple, las cosas más asombrosas: juego de lápices de colores profesional (de dibujante de verdad), pasteles, acuarelas y lienzos realmente artísticos, un caballete y óleos, un violín, un conjunto de instrumentos de electrónica que nos permitieran investigar (tuvimos una “radio galena” y escuchamos emisoras de todo el mundo en una Lima encerrada en una dictadura militar). Finalmente, pidió un laboratorio químico pero no de juguete, sino con matraz, alambique, tubos de ensayo y demás complementos de verdad. Yo fui su servicial ayudante de laboratorio y siguiendo sus instrucciones, machacaba el carbón con el azufre para formar la pólvora, o colocaba los pétalos de rosa o la esencia de lavanda en el matraz, para regalarle un delicado perfume a nuestra mami. Yo era el que vigilaba la gotita de esencia de lavanda que salía del alambique lenta y remilgosa, como haciéndose de rogar. Fabricamos tantas cosas juntos: limpiacristales con base de vinagre, bombas apestosas, globos de hidrógeno… Realmente jugamos aprendiendo. Parecíamos la ejemplificación en vida, de las Teorías de Ausubel.

 

Además, de adolescente, Ciro fue un excelso poeta. Una pena que nunca haya publicó esos bellos poemas llenos de un ritmo clásico, pese a no ser rimados. También fue buen dibujante y pintor, y poco o nada queda de sus obras de esa etapa… Finalmente, tocó violín, siendo miembro de la Orquesta de la Pontificia Universidad Católica del Perú, pese a su ocupada vida de Decano de Estudios de Posgrado. Era Decano por segunda vez, ya que fue reelegido, cuando falleció. Sus ocho años decanales terminaban en junio de 2020, sino mal recuerdo.

Tuvo tres hijos a los que cuidó de forma excelente: Diego (profesor de Lingüística en una Universidad alemana), Gabriel (excelente pintor) y la menor, Alicia, que acababa de terminar Filosofía en la PUCP cuando Ciro falleció.  Ciro por su parte, fue Licenciado en Filosofía por la PUCP y Doctor en Filosofía por la Universidad de Berlín. Siempre mantuvo con gran esfuerzo a su familia, a la que nunca dejó de apoyar con viajes, libros y formación abundante. Carpintero amateur, hogareño hasta la médula, fue un hombre bueno que compartió sus múltiples aficiones con sus pesadas obligaciones, ocupando pletóricamente su tiempo.

El 2018 ganó el Premio Nacional de Ensayo (Medalla de Oro del Premio Copé). Heredó de mi padre el talento artístico y la profundidad intelectual.  Canoso, flaco, de mirada penetrante y nariz incisiva, cuando te miraba, te observaba, te escrutaba, y sabías que todo lo que dijeras podría ser cuestionado o refutado casi cartesianamente.

En conclusión: Ciro era un hombre bueno y recto, impecable y honesto, que detrás de la coraza intelectual, guardaba un corazón generoso y desprendido. Yo me encuentro entre los pocos que cuando nos reuníamos, le ayudaba a relajarse conversando naderías y haciéndole reír.  Él en cambio,  vivía aprovechando cada minuto, elevándolo a una potencia tan alta, que mareaba seguirle. A mi hermano lo quería profundamente, pero lo que es más importante aún, lo admiraba honesta y cariñosamente, porque fue, irreductiblemente racional y no obstante, emotivamente artístico y sensiblemente humano.

 

Jr. Daniel Alomía Robles 125, Urb. Los Álamos. Santiago de Surco, Lima, Perú

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