Jr. Daniel Alomía Robles 125, Urb. Los Álamos. Santiago de Surco, Lima, Perú

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GENARO LLANQUI, MI PAPÁ DE CRIANZA

Mi padre contrató en Chaclacayo a Genaro Llanqui  Mamany, para que fuera su chofer y colaborador (secretario personal). Quería, de paso, que le contara historias de los aymaras, para ir pergeñando poco a poco una novela. A los dos meses de ayudarnos, el Diputado fallece y Genaro, lejos de hacer como el resto, y abandonarnos, se apiadó de nuestra suerte y empezó a obrar, como lo haría un familiar, más que un amigo. Trabajó sin sueldo muchos meses, taxeaba para llevar algo de comer a casa, cocinaba barato…

 

Yo fui, junto con Diego, los hijos que Genaro más cuidó, porque le tocamos especialmente pequeños. En el Mercedes Benz de Diputado que compró mi padre, Genaro puso una sillita de bebé que incluía volante y claxon, y en más de una ocasión, llevó a mi rollizo y rubito hermano Diego de copiloto. La gente se quedaba fascinada, cuando le tocaba regatear la tarifa (tradición previa a cualquier recorrido en taxi en una Lima sin taxímetros, por aquel entonces y aún hoy). Porque un bebé rubio hacía de copiloto con su sillita con volante y todo.

ANÉCDOTAS CON GENA

Gena me hablaba mucho de la sierra. Las pocas veces que íbamos al campo me intentaba enseñar a usar la huaraca (la honda andina). Fue mi gran debilidad, nunca aprendí. Me hacía bromas con los idiomas que con fascinación estudiaba yo en La Recoleta (inglés y francés).  Me llevaba y traía a todas partes,  me tiró a nuestra piscina el primer día (con flotador), me ayudó a criar a mis perros, me llevaba y me traía al Colegio, al Británico, al instituto de mecanografía, a la Academia Trener, etc. Más  de una vez le acompañé al mercado, a regatear con las caseritas y cargar bolsas. Y entre los recuerdos más bellos de mi infancia, quedan esas largas vacaciones de verano, en que la familia al completo, con Gena al volante, recorríamos en nuestra Combi (Volkswagen) el Perú por tierra. Juntos nos fuimos a Ancash, Cajamarca, La Libertad, Cerro de Pasco, Junín, Ucayali, Ica, Arequipa, Moquegua, Tacna, Cuzco, Puno.

LOS VIAJES CON GENA

Los miles de kilómetros se hacían cortos con nuestros amenos relatos, nuestra ilusión por descubrir, mis bromas, etc., etc. El cariño al Perú, se insertó en nuestras vidas, palmo a palmo, y kilómetro a kilómetro, con esos bellos y abnegados viajes familiares de escaso presupuesto pero mucho corazón. Con nuestra combi descubrimos, verano a verano,  por tierra, las  culturas, ruinas y paisajes de nuestro gran y milenario Perú, siempre vivo, siempre joven, nación adolescente (como le llamara Luis Alberto Sánchez). Allí donde íbamos, nos enfrentábamos a la  inmensidad de los desiertos, pampas, valles interandinos, quebradas profundísimas, cumbres inalcanzables y selvas impenetrables que, milagrosamente, atravesábamos serpenteando trochas y barrancos, puentes endebles y  caminos estrechos, siempre conducidos por Genaro. También Gena me llevó a Ilave, al borde del Titicaca, con su familia.

EN SÍNTESIS

Al final, entre trajín y trajín, Gena se fue convirtiendo en mi guía, en este inmenso, bello y complejo país que llamamos Perú. En 1976, cuando mi madre anunció su deseo de casarse con Gena, yo la apoyé rotundamente. Porque Genaro se había portado como un segundo padre en mi vida, y yo, me sentía parte de su propia panaca.

 

Aún hoy, le pido consejo, convencido de que en sus respuestas, se halla la sabiduría ancestral de Rosendo Maqui, la autenticidad del sentido común de nuestra gente, a ratos un poco intrincado, como el escondido camino secreto que dicen los aymaras, conecta a todas las  chullpas  (torreones de piedra) entre sí. Porque entre nuestros compatriotas  de la Sierra Sur del Perú, es como si también existiera un oscuro túnel del tiempo, que los comunica a todos ellos con lo más perdido de nuestro glorioso pasado: la  gran valía de  nuestra ancestral civilización andina.